Sufrir bien es carísimo
¿Se llora igual en un Ferrari?
A colación de la boda de Dua Lipa, mi eX, escribe sobre el dinero como elemento necesario para que el amor sea propicio.
No puedo estar más de acuerdo.
Sobre todo teniendo en cuenta que, después de hacer mis propios cálculos, cosa que recomiendo muchísimo no hacer salvo que tengas una pulsión autodestructiva , yo me dejé aproximadamente 1.250 euros en billetes durante el año y medio que duró nuestra relación a distancia.
También invertí unas 126 horas de mi vida en autobuses nocturnos que jamás podré recuperar. Ciento veintiséis horas sentada en un asiento reclinable a medias, almohada de cuello, gordo sudoroso a tu derecha, bebé berreante a tu izquierda y esa fe bastante ridícula que una tiene cuando cree que el amor justifica cualquier problema lumbar.
Así que sí: el amor necesita dinero y se vuelve mucho más poético cuando no lo hay.
He de reconocer que nosotros siempre lo pasamos bien con poco, un bocadillo en la playa, una pizza casera, en el pueblo costero más ruinoso de la ría de Noia se estaba igual de bien que en una terraza de Marbella con chimenea de fondo, que la precariedad compartida tiene una forma muy eficaz de disfrazarse de autenticidad.
Pero tampoco nos hagamos los franciscanos ahora.
Las ostras un domingo ayudaban. Abrir una botella de champán en una bañera ayudaba muchísimo. Sin embargo los menús degustación siempre se nos dieron fatal, era una velada irremediablemente abocada a la discusión, no sé porqué.
En mi opinión el amor mejora cuando no tienes que comprobar la app del banco antes de pedir la segunda copa. Hay cierta clase de deseo que se siente más inevitable cuando no estás calculando si puedes permitirte el taxi de vuelta.
El dinero no compra el amor, claro. Esa frase la repite mucha gente que suele tener suficiente dinero como para no comprobarla demasiado. Pero el dinero compra tiempo, calma, habitaciones con vistas, aviones sin escala, cenas largas, la posibilidad de llegar sin haber pasado ocho horas doblada en un autobús oliendo a bocadillo de tortilla ajeno. Y todo eso, qué casualidad, se parece bastante a las condiciones materiales necesarias para que una persona pueda estar disponible para querer a otra sin querer morirse de cansancio.
Hasta ahí, nada que objetar.
Pero yo le subiría la apuesta: las rupturas tampoco son iguales cuando no se tiene dinero.
Y esto se dice menos porque queda peor. El amor pobre tiene prestigio literario; el desamor pobre, no. El amor pobre puede ser una canción de Sabina, una manta compartida, dos cuerpos jóvenes comiendo pasta directamente de la sartén.
El desamor pobre es ir al trabajo con los ojos hinchados, fingir que no se te está cayendo la vida encima mientras contestas emails, llorar en el baño de la oficina y volver a la mesa porque hay facturas que pagar.
Ir a trabajar mientras estás en duelo debería ser ilegal.
Hay algo cruel en tener que ser funcional cuando lo único decente sería poder tumbarte en el suelo durante tres semanas, mirar al techo y dejar que el cuerpo entienda lo que la cabeza todavía está intentando explicar con dignidad.
Pero claro, eso también cuesta dinero.
Sufrir bien es carísimo.
Poder irte a Ámsterdam a ver a tus amigas porque no soportas tu casa. Alquilar un barquito para ir a Formentera en verano y fingir durante seis horas que eres una mujer ligera, una mujer que no ha comprobado a qué hora se conectó por última vez alguien que ya no debería importarle. Pasarte un mes teletrabajando en Paris solo porque puedes, porque te apetece, porque hay ciudades que hacen que incluso la pena parezca más interesante. ¿No estamos de acuerdo en que la economía actual favorece a unos cuantos, que todos preferimos llorar en un yate o un Ferrari?
Todo esto se me queda superficial cuando lo básico para mucha gente es podernos ir a visitar a tu madre y que te abrace en tu ciudad natal, ir al psicólogo y que no solo te escuche berrear, sino que te de alguna herramienta para salir de ahí.
Está bien gritar a pleno pulmón en un concierto al que te habría gustado ir con él, la canción que ahora te parte el corazón. Pedirte un tercer whisky sour el jueves porque mañana puedes despertarte tarde. Dar un paseo para comprarte otro vestido de Zara que no necesitas, pero que de pronto se convierte en una infraestructura emocional básica.
Eso también es dinero.
No cura, pero amortigua.
Y quizá por eso me irrita tanto esa ingenuidad con la que a veces hablamos del amor como si lo importante fuera sentir mucho y ya está. Como si las condiciones materiales fueran un detalle vulgar, cosa de gente práctica, una sombra fea sobre la pureza de los sentimientos. Qué cómodo resulta defender la épica cuando no tienes que elegir entre pagar un billete o pagar la luz.
Hay relaciones que no fracasan por falta de amor, sino por falta de logística. Por falta de tiempo, de dinero, de la posibilidad real de aparecer en la vida del otro sin renunciar a todo lo demás.
Y luego están las rupturas.
Las rupturas tienen una economía secreta que nadie quiere mirar. Los trayectos que ya no vas a hacer, los billetes que no vas a comprar, regalos que te ahorras y los bares a los que no vuelves porque una no siempre tiene fuerzas para entrar en una habitación donde fue feliz con la persona equivocada. ¿Por qué sin embargo no tengo ni un duro? ¿Dónde está todo ese dinero que supuestamente debería haber ahorrado?
Tengo un agujero en la mano.
Es el coste de reconstruirte.
La gente que puede permitirse una segunda vida tiene muchas más posibilidades de parecer que ha sanado. Puede cambiar de barrio, de muebles, de terapeuta, de gimnasio, de destino de verano. Puede comprarse sábanas nuevas y decir que empieza de cero. Irse a cenar con alguien que no sabe nada y dejar que una versión más reciente de sí misma ocupe el sitio donde antes estaba la culpa. Puede quitarse con láser un tatuaje que nunca debería haberse hecho para empezar. Pagarlo todo a plazos con intereses y hacer esas matemáticas mágicas que nos permitimos cuando somos jóvenes e irresponsables.
Renacer, está financiado por Klarna.
Nadie habla de lo que queda en el suelo después de la transformación. La rebaba. Llamamos renacer a cualquier cosa que no sea morirse del todo, y quizá por eso nos parece tan noble.
Borrar conversaciones enteras sin leerlas por última vez, si eres esa clase de persona funcional, mereces toda mi admiración y parte de mi desconfianza. Regalar libros con la página de la dedicatoria arrancada. Hacer como que ya no te acuerdas, cuando en realidad te acuerdas con una precisión miserable de una frase dicha en una cocina a las dos de la mañana.
A veces me impresiona la facilidad con la que algunas personas consiguen hablar de su vida como si le hubiera pasado a otro. Como si aquel no hubiera sido su cuerpo, como si aquellas manos no hubieran escrito esos mensajes, como si aquella boca no hubiera prometido cosas imposibles con la seguridad de quien todavía no sabe cuánto pesa el futuro.
Fue una época difícil.
No estaba bien.
Hice lo que pude.
“Hice lo que pude” me parece una frase utilísima. Sirve para todo. Para abandonar a alguien, para no contestar, para mentir, para quedarse demasiado, para irse tarde, para irse pronto, para no irse nunca.
Tiene la elasticidad moral de las mejores frases de autoayuda. Uno puede esconder casi cualquier cadáver detrás de una frase razonable si la pronuncia con suficiente confianza.
No lo digo desde la superioridad, que sería una posición bastante poco creíble viniendo de mí. Yo también lo hago. Yo también he seguido viviendo con una eficacia que, vista desde fuera, podría confundirse con madurez. He contestado mensajes. He hecho la compra. He comprado vestidos. He ido a conciertos sola y perdona si lloré, lloré, lloré mientras bailaba. He bebido demasiado o lo justo, según quién cuente la historia. He reído en cocinas donde no estaba él. He sido feliz de verdad en días en los que, según mi propia teoría del drama, debería haber estado devastada por mera coherencia.
Esa es la parte más desconcertante.
Que uno puede sufrir y aun así pasárselo bien.
Que la felicidad no siempre es justicia. El cuerpo es limitado y no puede sujetarlo todo a la vez. No puedes estar pensando en todos tus muertos, todos tus ex, todos tus errores, todas tus versiones anteriores, mientras alguien te besa la nuca o te sirven una copa perfecta de vino blanco en un vaso frío.
A veces el presente gana por precariedad, cuesta dinero fabricar presentes lo suficientemente intensos como para que el pasado no pueda entrar durante un rato. Una noche en la que no tienes que mirar el precio de cada cosa antes de decidir si la mereces.
No creo que el dinero haga mejor el amor, pero sí creo que le da margen.
Y tampoco creo que el dinero cure mejor las rupturas, pero sí les pone anestesia, paisaje y una coartada estética.
No es lo mismo llorar en un zulo en Madrid, que llorar en una habitación de hotel en Hossegor. No es lo mismo perder a alguien y tener que estar a las nueve en una reunión que perder a alguien y poder desaparecer unos días sin que el mundo te pase factura inmediatamente. No es lo mismo recomponerte en el metro que recomponerte frente a una playa, aunque la herida sea la misma y tú seas igual de ridícula en ambos escenarios.
Por eso, cuando alguien dice que el amor necesita dinero, pienso: sí, claro.
Pero el desamor también.
El dinero no hace que duela menos. Hace que puedas elegir dónde te duele (geográficamente hablando).
Y eso, aunque nos dé vergüenza admitirlo, ya es muchísimo.



