Morir de pena
“Marjane Satrapi murió de tristeza.”
Como muchas chicas de mi generación leí Persépolis de preadolescente, robando ese libro a mi hermano que se había iniciado en el fascinante mundo de la novela gráfica. Luego vi la película animada y quedé prendada de un mundo y una historia de la que de pronto fui consciente no sabía nada.
“Marjane Satrapi murió de tristeza.”
Me da reparo la cantidad de veces que he leído esa frase en varios medios estos últimos días. Como si hubieran querido poner una capa de poesía, un colchón mullido y rosa a su muerte.
Pero los seres humanos siempre hemos sabido que esto podía pasar.
Los victorianos tenían un diagnóstico que era corazón roto. Y no como metáfora. Lo escribían en los certificados como causa de muerte, al lado de la cifra de fiebre.
Incluso antes, los griegos tenían una palabra, nostos, que nosotros hemos deformado hasta convertirla en nostalgia, esa cosa que ahora pertenece a los pies de foto analógicas en los post de instagram. Un falso termino antiguo que se impuso a la patología que durante la primera guerra mundial se acuñó como: Le mal du pays. Se decía que los soldados lejos de casa podían morir de eso. De añoranza. Morir no en batalla, sino por la distancia insoportable entre ellos y todo aquello que los había hecho ser quienes eran. Esto paradójicamente me lo enseñó mi primer amor y desamor D., en todos los sentidos de la palabra enseñar.
La nostalgia podía matar. Echar de menos un lugar era una urgencia médica.
Qué estaban viendo todos esos médicos? Creo que estaban viendo lo que vio la familia de Satrapi. Lo que ve cualquiera que se acerca lo suficiente al duelo como para notar su temperatura, su olor, su desesperación inconsolable.
Ahora lo llaman miocardiopatía de Takotsubo. El corazón, sometido a un estrés emocional extremo, falla. El ventrículo izquierdo se hincha y se debilita. En el escáner se parece a una vasija japonesa que se usaba para atrapar pulpos, y de ahí viene el nombre.
El lenguaje clínico existe porque necesitamos un sitio donde colocar los hechos sin tener que mirarlos directamente. Ponerle suficientes sílabas a algo, hacerlo casi impronunciable, puede que lo vuelva menos devastador. Quizá nos devuelve por un segundo esa ficción manejable de que el amor y la muerte viven en habitaciones separadas.
Yo tenía 14 años cuando aprendí que el amor y el duelo van de la mano.
Que no son dos sentimientos distintos, sino el mismo sentimiento transformado.
Esa cosa que empaña la luz de cada momento feliz que vas a vivir a partir de entonces, porque ahora ya sabes en el tuétano, lo que la felicidad también acarrea.
La voz de mi madre resquebrajándose al otro lado de la línea telefónica.
Mi vida partida en dos: un antes y un después en el espacio de una respiración.
No sabes qué es el después hasta que estás dentro. No sabes que no es un lugar de ausencia, sino de demasiada presencia. Que los muertos no se van, no del todo. Simplemente dejan de estar disponibles. Y la distancia entre ellos y tú se convierte en un nuevo país sin nombre todavía y que vas inventando sobre la marcha.
Yo quería pedirle al mundo una misericordia imposible y Marjane, probablemente también. Pero todo amor contiene una aritmética escondida. Una persona muere primero. Otra se queda de pie junto a la tumba.
Creí que sobrevivir era un reflejo natural del cuerpo, como respirar. Que las mañanas seguirían llegando y yo seguiría recibiéndolas y que, en algún punto de esa repetición, algo se volvería soportable. Pero hay personas para las que esto no ocurre, para ella no ocurrió.
Lo que aprendí, y no he conseguido desaprender desde entonces, es que el amor no se queda en el pecho, donde nos dicen que vive. El amor migra. Se mete entre los dientes, en las plantas de los pies, se detiene en el umbral de la habitación, igual que el agua se detiene contra una pared, pero no hay decisión ni fuerza de voluntad que impida que se filtre.
“Vuestras lágrimas son lágrimas de los ojos nada más, y las mías vendrán cuando yo esté sola, de las plantas de los pies, de mis raíces, y serán más ardientes que la sangre.”
Bodas de sangre, Federico García Lorca
Aprendes que no volverás a hacer crucigramas igual, porque aquello no era un juego, era una liturgia, y él era el centro inmóvil de un círculo alrededor del cual tú te ordenabas sin pensarlo, como los planetas no piensan antes de girar alrededor del sol. Que cuando él ya no está, el círculo no solo se rompe pero se vacía de sentido, igual que una palabra se vacía cuando la repites demasiadas veces.
Aprendes que seguirás oyendo su nombre en bocas ajenas y que, en la tuya, será una palabra que se ha quedado huérfana. Que ya no tendrá dueño. Que no sabrás muy bien qué hacer con ella.
Aprendes que, desde ese momento, cada vez que llores, llorarás dos veces: una por la vida que viviste y otra por la que ya no podrás vivir.
Dejamos la casa, las calles, la inclinación exacta de la luz de la tarde cayendo sobre su silla, esa luz que siempre había significado casa sin que nadie tuviera que decirlo y ahora encuentras no la nada, que quizá sería llevadera, sino el contorno exacto de su ausencia, que es una cosa completamente devastadora.
Clarice Lispector escribió, para que yo no tuviera que hacerlo: “Dios, procura que aquellos a quienes amo no me sobrevivan.”
Cuanto más miro esa frase, menos poética me parece. Vuelvo a ella una y otra vez, pienso en mis amigas, en mi madre y en mi hermano y ahora en su hija también, como quien vuelve a una oración.
Como una mueca de dolor dentro de un momento de alivio.
Esa frase vive debajo del lenguaje, debajo de las cosas que me atrevería a admitir en voz alta y no en la cobardía de este medio que es como gritarle al vacío sobre mis traumas más íntimos.
Es el pensamiento intrusivo que aparece cuando miro dormir a alguien que quiero y siento ese miedo animal de quien ya sabe demasiado.
Dentro de esa frase vive toda persona que alguna vez se ha quedado de pie frente a un armario lleno de ropa que todavía huele a alguien a quien ya no puede tocar.
Toda viuda en su primer invierno. Todo huérfano llevando un “papá” en la boca sin tener dónde dejarlo. Todo padre que ha hecho lo que se supone que no debería poder hacerse, lo que invierte el orden natural de una forma tan brutal que no hay palabra para nombrarlo, y se ha quedado frente a una tumba que jamás debería haber llevado el nombre de su hijo, y aun así ha seguido, de algún modo, respirando.
Creo que lo escribió desde la comprensión más completa posible de lo que les estaba pidiendo a las personas que amaba. De lo que cuesta sobrevivir de verdad. Un precio que se paga en umbrales que no puedes cruzar, en círculos que ya no tienen centro, en ciudades que hay que abandonar, y en los casos más extremos, hasta con la propia vida.
Creo que había amado lo suficiente como para conocer la factura (la fractura?) . Para verla desglosada. Y prefería pagarla sola, entera, antes que pasársela a alguien que quería y verlo pasar el resto de su vida saldando la deuda.
El amor, según las historias que contamos, es generoso.
El amor quiere que el otro florezca. El amor quiere otra primavera, otro cumpleaños. El amor se coloca al borde del precipicio y dice: después de ti.
Luego la vida empieza a quitar gente.
Y lo que el amor se vuelve cuando ha sido educado por la pérdida es esto.
Un escudo.
Se vuelve 100 palabras escritas en una columna del ABC.
Pienso en Satrapi y en cómo sobrevivió a una revolución y al exilio. Sobrevivió al trabajo largo y agotador de decir la verdad en un mundo que prefería mentiras cómodas. Rechazó la Legión de Honor porque no quiso permitir que su dignidad sirviera de atrezo para la conciencia de un gobierno. No era, desde luego, una mujer que no supiera resistir.
Pero sobrevivir, por desgracia, no es un músculo que se fortalece con el uso.
Es un recurso.
Y es finito.
Sé cómo suena esto, pero quizá no es tan morboso decirlo. La muerte es un momento único, terrible y completo. Sobrevivir, en cambio, son todas las mañanas después.
Es machacarte por no ser capaz de recordar el tono exacto de su voz, porque la escuchaste por última vez hace 15 años y la grabación que guardas en el cuerpo está ya desgastada de tanto repetirla como un disco rayado.
Y no puedes creerlo, no puedes perdonártelo, porque ese desvanecimiento duele casi más que el duelo original. Significa que lo estás perdiendo otra vez, en silencio, dentro de tu propia cabeza, y no hay absolutamente nada que hacer.
Sobrevivir es aprender qué silencios son pacíficos y cuáles son una guerra.
Es esperarlos en los días malos y también en los buenos. Y acordarte, cada vez, con la misma inocencia de la primera, de que no van a venir.
Y aun así amas.
Esto es lo que no tiene ningún sentido y lo tiene todo.
Amas sabiendo. Amas con miedo. Amas con piedras en los bolsillos y amas de todas formas, completamente, como me quiso mi padre, como ama la gente cuando no ha aprendido todavía a protegerse del todo.
El amor pide muchas cosas.
Y al final, pide un testigo.
Alguien tiene que quedarse atrás para recordar en qué cajón se guardan las tijeras.
Yo no quiero hablar de mi padre. Quiero hablar de lo que significa querer tanto a alguien que quieres ahorrarle tu ausencia.
Si me pides que escriba la mayor carta de amor de la que soy capaz, diría que en los momentos en los que he querido acabar con todo no lo he hecho precisamente por eso:
“He visto cómo es sobrevivir. Sé en qué te convertirías sin mí. Te quiero demasiado como para desearte eso.”
Hay personas a las que quiero ahora mismo por las que pronuncio este mantra sin darme cuenta. Personas cuyos nombres no puedo escribir aquí porque incluso escribirlos me parece convocar algo.
Llevo años dándole vueltas a esto, en la larga resaca del duelo, y lo he sostenido como se sostiene algo que podría cortarte si lo agarras mal. Él fue amado por completo y se fue antes de tener que pagar el precio. Lo pagué yo. Lo sigo pagando. Lo han pagado también mis relaciones con los hombres que me amaban y no comprendían demasiado porqué no me podía permitir quererles del todo.
Y hay mañanas en las que pienso: bien. Bien que fuera yo. Bien que se ahorrara un mundo en el que no supiera qué hacer con las manos después de despedir a alguien a quien amaba. Que no enterrara él a su madre ni a su padre. Que esté disfrutando la espera allá donde esté.
Esto es lo que yo le desearía a todo el mundo que quiero.
La salida.
La misericordia de irse sin saber lo que cuesta ser quien se queda.
Así que sí ojalá aquellos a quienes amo no me sobrevivan. Que me dejen ser la última. Que me dejen cerrar todas las puertas.
Que me dejen ser yo quien aprenda, una vez más, lo que las manos pueden sostener.
Ellos todavía no lo saben.





Esta reflexión es lo más precioso que jamás he leído sobre el duelo. Permitirte estar para que las personas que te quieran no te duelen me parece un acto de amor en su estado supremo.
Enhorabuena por tu valentía y por tu texto.
Me he emocionado... el decía que no me querría sobrevivir.Que se moriría de pena... ahora entiendo todo,no hay nada que me motive. Eso sí,una perrita que pienso que sería de ella sin mí.