Vengo a hablar de la vida, es decir, vengo a hablar del concierto de Bad Bunny.
Consejos prácticos, y en qué momento dejamos de pedirle a un concierto que nos hiciera bailar y empezamos a exigirle que resolviera todas nuestras contradicciones políticas, sexuales y de clase?
Todo empezó hace un año con la batalla campal de Ticketmaster. Pocas veces en mi vida me he sentido más orgullosa y arropada que cuando, de entre todos mis amigos, fui yo la que ganó aquella hazaña. Toda la oficina estaba pendiente de mi pantalla y de los despachos de al lado del coworking se oían los rugidos cada vez que alguno era expulsados de la cola virtual. Lo que en ese momento podía parecer un despilfarro de dinero ha demostrado ser los mejores euros invertidos de mi vida. A esto ayuda la bendita girl math: hace tanto que lo pagué que ya ni me acordaba del dolor de bolsillo.
Sí me dolió que el novio de ese momento me afeara que no contara con él cuando ya tenía mis 8 entradas prepagadas por todos los amigos que habían estado pasando el purgatorio digital conmigo, no como él, que no solo no se ofreció a ayudarme, sino que cuando le ofrecí conseguirle una se negó por ofendido. Literalmente él se lo pierde.
Ahora a lo importante:
Al contrario de lo que pensaba por culpa del pringado ese del vídeo de Barcelona, esto no es una guerra ni hay que prepararse como si fueras al frente. Solo os diré una cosa:
PISTA. PISTA. PISTA.
Entrar en el estadio y ver esa cantidad de gente es surrealista. El comentario por antonomasia fue que, si eso era lo que sentían los futbolistas cuando salen al campo, son unos titanes con nervios de hierro.
La cosa es que es un concierto en el que, salvo que estés en esa Casita que ha dado tanto que hablar, no vas a ver más que de refilón el cogote del boricua. Así que más vale que estés con tus amigos, más o menos holgados de espacio y perreando hasta el piso. Si a eso puedes sumarle como yo la proximidad del sex symbol Héctor Bellerín y coincidir en la barra con José Luis Sastre, yo ya me puedo morir tranquila.
Consejos prácticos para quien todavía tenga pendiente vivir la experiencia:
Botellón en el parque de enfrente: hay césped, sombra y la policía no te raya nada. Aprovechar el momento para hablar un martes por la tarde cara a cara con tus amigos, emborrachándote como cuando tenías 15 años, es crítico para empezar bien la noche. Otro consejo es ir bien nutrido de antihistamínicos si como yo en esta época tú te vuelves loca cuando la alergia te azota.
Si te sobran bebidas antes de entrar, puedes dejarlas escondidas estratégicamente detrás de un arbusto, tu yo del futuro que querrá comentar la jugada tras el concierto, lo agradecerá.
Al entrar te mirarán el bolso, pero no creas que lo hacen minuciosamente. Una inhalación de popper en el momento justo de Ella perrea sola es algo que recomiendo con fervor.
Al igual que no comprueban el contenido de la botella de “agua” de menos de 500 ml, a la que solo te obligan a quitarle el tapón. Mientras sea líquido transparente, lo podrás pasar.
Por lo anteriormente mencionado, te recomiendo que te hagas muy amiga de alguno de los camareros de la barra para pedir vasos con hielos y poder ahorrar los 20 € que cuesta el mini. La estrategia es preguntarles con admiración cómo consiguieron ese bolo, cómo se trabaja en un concierto de Bad Bunny y qué suerte, blablablá. Hay que tener amigos hasta en el infierno.
De todas formas, tener el vaso de recuerdo no lo cambio, por muy rata que sea.
El abanico es innegociable.
Fumar está permitido, pero recomiendo tener un vaper de emergencia para no tener que hacer equilibrios entre copa, abanico, cigarro y mechero.
Si eres de los que quiere participar de la cultura aspiracional de la Casita o meterte antes para coger sitio, no comparto tu forma de pensar, pero sí diré que Benito es bastante puntual, a las 20:05 ya estaba subido al escenario.
Me jacto de ser de esas personas que mea 1 vez al día, asique no fui al baño en todo el concierto, pero por lo que vi, en pista hay a los lados unos policleanes infectos con colas todavía más infectas. No te digo que te lleves pañal, pero al menos intenta ir cuando suene una canción que te de un poco igual.
Por comentar un poco las recientes polémicas, ya es por todos sabido que La Casita es el lugar donde cabe toda la hipocresía y las contradicciones del mundo actual, y me parece perfecto que se representen en 50 metros cuadrados de pladur rosa que Bad Bunny ha llenado de pibones y futbolistas. Lo que ha hecho Benito es decirle al mundo que inclusión sí, pero el show es el show. Él mismo está como un tren, es joven y rico, sale con chicas jóvenes, millonarias y ricas, y le canta a las tías buenas. No le canta a los jubilados ni quiere perrear con ellos, así que la Casita significa exactamente lo que significa.
Creo que lo que nos molesta no es que la Casita sea injusta, sino que sea demasiado sincera, un resumen en miniatura de cómo funciona casi todo, pero con mejor iluminación. El conejo malo no inventa nada. Solo pone focos, reguetón y pulserita VIP a una jerarquía que ya existe fuera del estadio.
Solo me revuelvo por sentir que jugaron con mis sentimientos cuando, estando en la barra, empezó un interludio de guitarra que sonaba a Corazón partío y, con toda la euforia de pensar que iba a salir Alejandro Sanz de invitado, solté la copa y me cargué el abanico por salir corriendo a buscar a mi amiga L. y vivir el momento pegada a su cadera.
Pero no.
Para todo lo demás, Mastercard.
Abrázate a tus amigas, esas que curaron las heridas que no les tocaban, cuando quieras llorar en Turista recordando a esa persona que nunca te conoció del todo. Pídele a tu amigo el alto que te alce para poder ver al artista invitado, págale la copa cuando el datafono deniegue su tarjeta porque acaba de pagar el alquiler, ya te preocuparás por como pagar el tuyo mañana. Baila con los desconocidos que tengas a tu alrededor y hermánate en la experiencia de perder la poca vergüenza que te quede. Levanta la cabeza para maravillarte con la danza de lucecitas de las cámaras de atrezzo en las gradas y recuerda que la vida se conforma de días y momentos como estos.
Una foto bonita
Un atardecer hermoso
Una bailaíta'
El viaje de vuelta en coma etílico, coreando en el metro abarrotado con los desconocidos que ahora son decorado de tu recuerdo, te hará pensar que tenían razón: que el dinero va y viene pero los recuerdos son para siempre.
No estoy aquí para hacer cambiar a nadie de opinión ni para hacer apología de nada, salvo de aquello de que vinimos a pasarla bien y la pasamo’ bien.
Ni siquiera soy ni fui nunca la mayor fan de Bad Bunny, (aunque he de reconocer que el último álbum lo fundí) pero cualquier experiencia que, después de tanto tiempo escribiendo sobre el dolor y las cosas tristes, me recuerde de una bofetada que la vida no es solo eso; que, gracias al cielo, también son mis amigas sudando a mi lado, un vaso carísimo en la mano y la felicidad colectiva ocurriendo sin pedir permiso, merece la pena.
Y, sobre todo, merece la alegría.







Qué grande por todos los tips. Eres absolutamente icónica.
Información útil para ver al conejo malo en su última semana en España