30
Como una persona más me diga que los 30 son los nuevos 20 voy a vomitar.
Cuando tenía 10 u 11 años, me desperté un sábado con un punzante dolor en la cabeza. Era tan agudo que me mareaba y me nublaba la vista. Me daba rabia perderme mi clase de pintura en el Círculo, donde hacía poco nuestro profesor nos había llevado a escondidas a ver la escultura de Minerva en la azotea.
En aquella época no existía la terraza neopija por la que ahora te cobran por subir y te soplan seis pavos por una copa de vino avinagrado. Antes se accedía por unas escaleras de madera destartaladas, atravesando almacenes y trasteros llenos de telarañas, lo que dotaba de cierta épica a la excursión.
Una vez arriba, recuerdo lo imponente que me pareció la escultura: 7,5 metros de altura y puro bronce, pesada, de rasgos serios oteando Madrid.
César, el profesor, nos contó el mito de cómo Atenea nació sin coito ni parto, siendo una idea en la cabeza de su padre, Zeus. Este se despertó un día con un dolor insoportable y le pidió ayuda a Hefesto, que era el dios que le forjaba los rayos. Con un hacha le abrió la cabeza y de ahí surgió la diosa, ya formada como adulta y con su armadura lista, igual de imponente que la figura que veía ahí arriba.
Ese día recuerdo que quería que mi padre me abriera el cráneo para que me sacara el clavo ardiendo que sentía en el punto exacto detrás de mis ojos. Pero él me dio un Nolotil y me metió en la cama. Dormí 14 horas.
Un tiempo después me diagnosticaron que había sufrido un pequeño aneurisma.
Llevo semanas pensando que tendría que publicar algo especial, relevante para esta fecha. Marcarlo de alguna forma, con una reflexión que será una mezcla masticada y regurgitada de todos los textos de substack en los que se habla de llegar a esta década, una de estas listas de “cosas que me hubiera gustado saber a los 20” a los 30” a los cállate. Tienen razón en que es una edad como de auditoría. Tiene algo de paralela de Hacienda, de hacer cuentas contigo misma:
Propiedades a mi nombre: 0
Hijos: 0
Desencantos amorosos: 5
Trabajos trabajados: 3
Errores cometidos: ∞
Lecciones aprendidas: menos de las que debería con esos errores.
Y aun así, lo que pesa no aparece en ninguna de esas listas y es que no me apetece redactarla. Es que lo que me apetece es llorar y no puedo.
—Cariño, señálame dónde te duele.
—No lo sé.
—En una escala del 1 al 10, cuánto te duele?
—No lo sé.
—Pero cómo no lo vas a saber?
—Mamá, no lo sé. Pero tú, a mi edad, estabas casada, tenías una casa y un hijo. Te habías comprado la Thermomix con el dinero que te habías ahorrado por dejar de fumar en el embarazo.
Como una persona más me diga que los 30 son los nuevos 20, voy a vomitar.
Tengo una pena que se me enquista. Se resguarda en el fondo de mi garganta y no me suelta. No sé cómo resolverla, cómo hablar de ella. Intento escribirla y no me sale; intento llorarla y es peor.
Cumplo 30 años y no estoy donde esperaba. He vivido 30 vidas que no encajan y me parecen ajenas. Ya ni siquiera tengo planes para enderezarla. Me dejo arrastrar por la corriente de la vida, esperando que me deje secando al sol en alguna otra orilla. Tengo la edad que tenía D. cuando le conocí. Ahora me veo como síntoma y no como enfermedad. Probablemente estaba tan perdido como yo ahora.
Un cumpleaños es un “hasta aquí”. Por lo pronto, hemos llegado. Y está bien que así sea. Todos los días nos llevan hacia el siguiente, salvo el último, como decía Montaigne. Porque el último ya sabemos hacia qué destino nos aboca.
Nos duela o no, y aunque no debería dolernos, los años en las personas tienen algo de cuenta atrás. Ya no aspiro a que nadie espere hasta las 00:01 para felicitarme, a esas banalidades como llevar conos llenos de chuches a tus compañeros de clase, esperar que tus amigas suban una story con una foto en la que, con suerte, salgas tú mejor que ellas.
Esperar el mensaje de tus ex, como una de las contadas ocasiones en las que se os permite tocar esa puerta (la otra coartada es Nochevieja, todo el mundo lo sabe) y comprobar que la cordialidad es más dolorosa que los gritos.
Este año, al desparramarme por los pasillos de la vida, cerré los ojos para pedir mi deseo.
Y me gritó una voz de fondo: No pidas nada triste.
El día que murió mi padre hacía sol, como no puede ser de otra manera un 27 de julio.
Mi cumpleaños, sin embargo, siempre llueve en algún momento del día, como no puede ser de otra manera un 23 de abril.
Hay dolores que no se pueden sacar con un hacha, ni con un Nolotil. No nace nada brillante de ellos, pero hay que dolerlos igual.
Soplo: que el año que viene no sea peor que este, y por lo menos haga sol.



Felicidades, Mol!!! Hemos llegado a los 30 con 17 días de diferencia y las mismas propiedades e hijos, a ver qué tal los gestionamos (espero que sin aneurismas y con pocos Nolotiles) :)