2010
prostituyendo unos recuerdos y notas sobre el duelo
—¿De qué murió?
De cáncer, digo. Ya está.
La gente asiente cuando dices cáncer. Es una palabra que viene con su propia arquitectura de la compasión. Cierra la conversación al mismo tiempo que la abre. Cáncer, y ya está: esa es una frase completa. Esa es una respuesta.
Lo que no digo es la cirrosis, los pulmones encharcados, litro y medio en la toracocentesis, los 40 años a cajetilla de Marlboro diaria, los Cardhus después de cenar, la hepatitis B, la humillación de hacernos las pruebas, el ventolín cada 50 metros por las calles de Nueva York, la sangre en la almohada que mi madre ignoró.
No digo que hubo años antes del final. Pero no unos años macabros y penosos, como todo el mundo asume cuando lee la palabra que empieza por C. No.
Fueron años de viajes y despilfarros. De cenas multitudinarias de amigos, bailes hasta el amanecer. Vacaciones en el trópico y navidades en la nieve. Que la enfermedad llegó a su vida pero no a la del resto. Mi padre guardó el secreto como un invitado indeseado que reorganiza los muebles, come de tu plato y duerme dentro de tu cuerpo hasta que ya no lo reconoces como tuyo.
No soy quién para juzgarle.
No digo que me pidieran que no le mostrara mi dolor. Pero los adultos a mi alrededor, en su amor por él, decidieron que lo que más necesitaba era verme tranquila. Sin miedo. Bien. Así que me convertí en alguien que estaba bien. Terminé los exámenes y me mandaron lo más lejos posible para “ahorrarme” el sufrimiento. Lo único que hicieron sin planearlo, fue negarme que pudiera despedirme de él. Me volví muy, muy buena estando bien. Nadie pensó en preguntarme cuánto costaba eso.
Y ahora mi mayor miedo es este: que muriera creyéndolo. Que se fuera pensando que no había dolor dentro de mí. Que pensara en mi cara en aquella habitación fluorescente y viera a alguien que estaba bien, y que sintiera, en sus últimos momentos, que le había abandonado, que estaba solo en su muerte.
Había muchísimo dolor. Hay muchísimo dolor. No cabía dentro de las reglas que fabriqué para él. No cabía dentro de ninguna caja mental. Nunca, ni una sola vez, ha cabido en ningún sitio donde haya intentado colocarlo, con los años simplemente he aprendido a habitarlo. Y quizá eso sea lo único honesto que puedo decir sobre el duelo. No es algo que encaje ni que desaparezca del todo.
De cáncer, digo. Y ya está.
El espacio entre esas dos frases es el lugar donde vivo.
Cuando perdí a mi padre construí una serie de reglas dentro de mi cabeza. Había escrito mi propia legislación privada. Las Leyes del Duelo.
Nadie sabe actuar correctamente frente a la pérdida, tenemos fórmulas que funcionan como un bálsamo social y poco más. Desarrollé una aversión a que me tocaran la espalda. Todo el mundo te quiere abrazar, tocar, acariciar, pensando que así te reconfortan. A mi me producía un asco visceral. Primera regla, evitar que te toquen.
Segunda regla: Tener claro que esto le pasa a todo el mundo y que no eres especial. Tenía la necesidad de desdramatizar para seguir. Es ley natural que pierdas a tus progenitores tarde o temprano. Como dice mi amigo J. : Mientras nos muramos en orden, no hay problema.
Tercera regla: Si amaba con cautela, me decía, viviría sin dolor. Si limitaba el duelo a unos pocos meses, si lo representaba pulcramente dentro de una ventana temporal aceptable, podría pasar el resto del año viviendo discretamente, pidiendo poco de los demás y de mí misma. Me escondería detrás de una indiferencia ensayada.
El problema de esas leyes no era que fueran crueles. El problema era que funcionaban. Y mientras funcionaban, me convertían en algo que no reconocía: una pequeña máquina eficiente con un motor latiendo en el centro, desgastándose, afinándose, rechinando bajo el peso de unas normas que yo misma había creado y ya no podía deshacer. Las leyes mantenían fuera el dolor.
Pero también mantenían fuera todo lo demás. Así funcionan los muros. No son selectivos.
Unos meses después, estoy sentada en la cama de mi cuarto de Ibiza cuando mi madre y mi hermano entran sin llamar.
Me dicen que están preocupados, que no puedo seguir así. Desaprueban la forma en la que vivo mi duelo. El hecho de que no salga de esa habitación (dicen cuatro paredes, sin darse cuenta de que vivo en una torre que literalmente no tiene esquinas, una única pared envuelve toda la estancia).
Mi silencio, la ausencia de tristeza visible en mi cara, en mi manera de moverme por el mundo, les incomoda, porque pone de relieve su propio duelo mal gestionado.
Y entonces dicen:
—Como sigas así te vamos a ingresar.
Les pregunto que dónde. Se niegan a responder, ni ellos mismos lo saben, veo en sus caras como su plan de intervención se desmorona. Les respondo que cada uno lo lleva como puede. Mi hermano se ha apuntado a todo deporte violento existente en la faz de la tierra y mi madre ha empezado a salir compulsivamente con otros hombres apenas un mes después de incinerar al supuesto “amor de su vida”.
No son nadie para darme lecciones.
Responden que me estoy volviendo loca.
No digo nada.
Observo la frase como una puerta abierta y luego cerrada desde dentro. Y yo me quedo delante. Mi padre se ha ido. Ya no puede confirmarlo ni negarlo.
Los muertos no aclaran nada, y los vivos son libres de rellenar ese silencio con lo que necesiten poner ahí.




No te conozco y aun así he sentido varias veces esa sensación incómoda de sé como se siente, perder a un padre es durisimo a la edad que sea. Admiro mucho la forma en la que hablas del dolor sin intentar embellecerlo ni convertirte en heroína de tu propia historia. Hay algo muy reparador en leer a alguien atravesar algo y no solo sobreviviéndolo.